Al atender a la educación de nuestros hijos, el comportamiento nos tiene que importar y mucho, pero deberíamos hacer un esfuerzo por entender que sus necesidades distan mucho de lo que el mundo de los adultos espera de ellos, o de las leyes educativas pensadas para que aprendan “rápido” sin atender a si lo hacen bien.

El buen comportamiento

Vamos a empezar por el principio: ¿qué consideramos buen comportamiento? Socialmente se habla de buen comportamiento cuando los niños no molestan, obedecen y son tan educados como la gente espera de ellos. Por lo tanto, consideramos que mal comportamiento es cuando molestan a los adultos.

Según lo escribo me chirría.

La situación actual es que vivimos en una sociedad pensada para adultos y donde los niños tienen que adaptarse a nuestras necesidades y realidades, por eso cuando hablamos de comportamiento nos viene a la cabeza aquello que facilita la vida de los mayores.

Pero, ¿y si pensamos en una sociedad adaptada a las necesidades de nuestros pequeños?

El buen comportamiento entonces sería aceptar sus ritmos de aprendizaje, dejarles correr y gritar más en sitios públicos, permitir que sean ruidosos, curiosos y hablen sin parar, no tener prisa por que alcancen metas, dejarles comer con las manos, pasar más tiempo jugando con sus padres y madres. En definitiva, comprender que son niños.

Al atender a la educación de nuestros hijos, el comportamiento nos tiene que importar y mucho, pero deberíamos hacer un esfuerzo por entender que sus necesidades distan mucho de lo que el mundo de los adultos espera de ellos, o de las leyes educativas pensadas para que aprendan “rápido” sin atender a si lo hacen bien o si ya están preparados.

Los niños deben practicar conductas, normas que les adapten a la sociedad y pautas de educación, pero no podemos esperar que su comportamiento siempre sea el que nos permita evitar comentarios ni miradas por la calle, que es en definitiva lo que nos marca si se comportan bien o mal.

Con todo esto mi intención es que nos pongamos las “gafas de niños”, nos pongamos en su lugar y pensemos en que no hay prisa por que se comporten y obedezcan como autómatas, que ya irán aprendiendo a hacerlo a base de practicar y sentirse queridos y apoyados, que lo importante es que su comportamiento sea libre y espontáneo, ligado al interés que les provoca el estar en un mundo que día a día les ofrece cosas nuevas.

El comportamiento en un contexto social vale mucho, pero el contexto individual debe estar por encima de todo y nuestro papel es el de ayudarles a formarse ellos como personas y luego a adaptarse a lo que la sociedad espera de ellos.

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