Un niño NO es una máquina de obedecer normas ni de atender a nuestras pautas sin dudar ni oponerse; es un ser humano que está construyendo su personalidad, su carácter y su forma de ser y que tiene un ritmo personal que debe ser respetado y utilizado para ayudarle.

ser exigentes al educar

Cuando me refiero a ello entiendo que al exigir algo en familia o a nosotros mismos estamos pensando en lo bueno que nos podrá aportar.

Exigir no es gritar ni imponer, es pautar y alentar la mejora. Si nos acostumbramos a un nivel de exigencia respetuoso con las capacidades de nuestros hijos les daremos las herramientas para aprender a gestionar su exigencia en el futuro y evitar así, entre muchas cosas, ansiedad y agobio.

Vamos a hablar de tres niveles de exigencia, que van más ligados a lo que implican que a lo que requieren de nivel de esfuerzo; me explico: La exigencia no debe tener un baremo porque cada uno de nosotros tenemos un nivel de exigencia o unas habilidades para llegar a ello, no podemos compararnos con otras personas y mucho menos poner metas inalcanzables. Es por ello que vamos a dividir la exigencia en:

Exigencia inmediata que siempre está ligada a la protección y la seguridad, va unida a la prohibición con sentido (no es porque yo lo digo, si no por el bien común): no tocar algo que quema, no cruzar en rojo, no coger un cuchillo, etc.

Exigencia moderada para aquellas cosas que hay que aprender en un periodo de tiempo no mayor a un año y que nos permiten desenvolvernos como mayor soltura en la sociedad: control de esfínteres, aprendizajes escolares, etc.

Exigencia laxa para patrones de conducta que se aprenden más por repetición y que al interiorizarlos nos ayudan a comprender y comportarnos: decir por favor, dar gracias, respetar turnos, comer con cubiertos, etc. La exigencia laxa va ligada a la educación que demos, por eso la exigencia no debe tener prisa para así afianzarse.

Que los niños comprueben a través de los distintos niveles de exigencia que pueden, que lo consiguen y que además con esfuerzo y tenacidad se puede ir mejorando poco a poco. Esa será la clave para formar la auto-exigencia.

Un niño NO es una máquina de obedecer normas ni de atender a nuestras pautas sin dudar ni oponerse; es un ser humano que está construyendo su personalidad, su carácter y su forma de ser y que tiene un ritmo personal que debe ser respetado y utilizado para ayudarle.

Ser exigente es bueno, tanto con uno mismo como con los demás, pero nuestras expectativas no deben condicionar la actitud de los demás. Uno exige y luego puede, o no, conseguir lo que se proponía con ello. Saber esto nos ayudará a padres y madres a no frustrarnos si no conseguimos los objetivos que tenemos en mente. El tiempo, la paciencia y el amor son las claves.

Si la exigencia conlleva violencia, gritos, condescendencia… no es exigencia. La exigencia es amable, respetuosa, útil, congruente y realista.

Y siempre, siempre, siempre demostrarles lo orgullosos que estamos de sus logros.

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